Miradas cruzadas, un cigarro en tu boca y los ojos achinados al fumar.
El jardín con el aroma a flores, a pasto recién cortado y al agua de la pileta llenándose. A lo lejos, en el living, suena un disco de bossa de los ’60.
Ubicados, precisamente, en el momento en que el día decanta y la noche poco a poco se apodera de todo el escenario. Pero estamos bien así, quietos, mirándonos cada tanto. Vos disfrutando de tu pucho, y yo disfrutando de una copa con mucho hielo, tanto hielo que al mover la copa se siente un carnaval en mis manos.
Cada tanto me encandila un mínimo rayo de sol que viene a despedirse y a convertir mi rostro en algo radiante.
Tu silencio es una maravillosa compañía y me encanta porque potencia tu mirada; siento que te concentrás más en mí cuando estás en silencio mirándome cada tanto. Tu silencio me eleva, me lleva a una dimensión en la que solo se puede vivir extasiada.
¿Qué haremos más tarde cuando la noche nos sorprenda? No lo sé, quizás sea una buena idea detener el tiempo acá, no hacer caso a los relojes ni al calendario, vivir en este hermoso presente; viendo, cada tanto, tus ojos cruzarse con los míos, y sintiendo ese mundo de sensaciones que solo así puedo sentir. Y es que jamás conocí a alguien que combine tan bien con el paisaje como vos lo hacés.