HISTERIAS DE AMOR

«Todos estamos en el barro, pero algunos estamos mirando las estrellas» Oscar Wilde

Cortar con un escorpiano o de cuando pisé el inframundo

Así me siento, tengo el corazón como un signo de interrogación, eso me pasa por ser tan emocional y tan poco racional, por ser tan terca y tan poco flexible.

Tanto tiempo sin querer ver algo que era obvio, que todos veían y que yo presentía, pero no tomaba en serio.

Ahora soy yo la que está intentando ver por qué atraigo el caos en forma de hombre. Estoy alérgica a los rockeros, tengo dos recitales de rock en esta semana y los veré con el corazón en la mano, porque son amigos de él, porque son como él, porque al verlos a ellos lo voy a ver a él…

Él me duele, me duele mucho, y no puedo ocultarlo, me duele más que por él, por mi idiotez, ¿cómo pude aceptarle una caricia a alguien así? ¡Cuán desamparada me siento a veces para aguantar las cosas que aguanto!

Todavía no sé si estoy preparada para hablar de algunas cosas. Tal vez sí, tal vez no.

Ya me había cansado el jueguito que con él jugábamos como dos necios: él se hacía el que no lo hacía y yo le creía todo por mi salud mental.

La noche de la confesión no pude dormir, mucho menos porque sabía que lo había dejado peor, porque ahora estaría desquitándose con él mismo. Nadie más autodestructivo que alguien de escorpio. La noche de la confesión fue escalofriante, no sé ni cómo salí viva de ahí.

Para quemar naves, le dije que me hacía mal verlo mal, escucharlo mal y sentirlo mal, que si no cambiaba me iba a terminar alejando, y como adicto que era, se enojó conmigo cuando en realidad se enojaba porque era algo que él no podía manejar ni controlar. 

Así fue la despedida número mil, ah, no sin antes tener que escuchar las mil voces de gente que me decía: «Lo dejaste en su peor momento… » ¿acaso no era toda su vida su peor momento?

En las cartas salía una vez más el diablo representándolo, y yo sabía bien que todo, absolutamente todo estaba mal, sabía que aparecería porque siempre aparecía, no sé cómo, pero siempre estaba cerca.

Recordaba constantemente, cada vez que me alejaba por sus vicios, la frase que me solía decir: «Me pongo obsesivo cuando estoy así»; y también había vivenciado su dualidad de extremo cuidado y extremo trastorno. No puedo detallar el horror vivido porque, más allá de todo, yo me quedaba ahí.

Hay personas que son el cielo y el infierno en una. Él fue el ejemplo más claro de esta teoría. El cielo me lo hice sola porque él enseguida me lo nubló, el infierno me cambió la vida, sobre todo en las noches en las que ardía todo por el solo hecho de yo existir y querer vivir, algo inaceptable para alguien como él que te quiere de rehén.

Mientras escribo esto, veo que me está escribiendo y tiemblo. Siempre hubo algo, y hay cosas que no cambian. La conexión siempre fue algo de otro planeta, pero lo que en un momento fue halagador, hoy me causa repulsión. Le conozco tanto los jueguitos que no me sale ser buena con él, agotó mi paciencia, y no importa de cuántos lados lo bloquee que sigue apareciéndose.

Esto que estoy escribiendo no entra en ninguna categoría, y eso que soy egresada de la carrera de Letras, podría ser prosa poética, pero no lo será… quizás una extensa carta plagada de sentimientos funestos sea lo que mejor le cuadre, o quizás un híbrido de tragedia sin actos o cuento de terror con final abierto.

Una vez me preguntó si no era mucho lo que hacía conmigo, y yo le respondí algo que lo dejó boquiabierto: «Si te gusta como quema, no cuenta como infierno». Pero hoy, con el diario del lunes, ni me gustaba como quemaba, ni merecía descender así al infierno, y es que lo que te puede fascinar a los 18 años, casi veinte años después, con tantas cosas que perder, solo te aleja definitivamente de alguien que solo quiere desaparecer.

Hoy lo termino así, pero esto va a ser una novela más adelante, porque la parte de vida que compartimos fue buena, fue la más sorprendente y halagadora de todas, pero el problema acá es que la parte mala fue realmente tenebrosa, y aún no sé cómo expresar lo que fue pisar el inframundo, no sé cómo describir un escalofrío, el miedo a la persona que dice quererte, o el vivir en plan de huir sabiendo que el monstruo va a alcanzarte siempre y a castigarte si te encuentra bajo la premisa de «Tenés que hacerte cargo de las pasiones que despertás».