Prácticamente nací en una cancha de tenis, y en una cancha de tenis transcurrieron mi infancia y mi adolescencia; ya mi juventud decidí vivirla en otro ámbito, lejos de ese deporte.
El tenis me enseñó cosas varias, por ejemplo, que nunca iba a ser lo suficientemente buena para mi papá (en nada), que nunca iba a ser más fuerte que mi mamá físicamente, y que mi hermano sería siempre mi gran apoyo, un acuariano soñador que me contagiaba sus sueños en cada palabra y peloteo.
En casa no se veía fútbol, se veía tenis. En casa se hablaba de tenis. En casa se respiraba tenis. De hecho, de chica, le prestaba a mi papá a Pepita, mi coneja de peluche, para darle suerte en los torneos. Todo era tenis en mi infancia.
También fue el tenis el que me alejó de mi papá los fines de semana. Era el motivo por el cual, en el momento en el que podíamos pasear, él no estaba o todo giraba en torno a acompañarlo a esos clubes en que, no importaba si eran lugares lindos o feos, era una fiaca tener que hacer amigos distintos todos los fines de semana sabiendo que nunca más iba a volver a verlos.
Cuando fui creciendo, todo lo que me rodeaba seguía siendo tenis; incluso los chicos eran de tenis, los amigos de mi hermano, los amigos de mis amigas, pero no los míos. Mis amigos eran los outcasts, los que no jugaban en serio, los que eran como yo.
En la adolescencia me gustaron algunos tenistas, pero los notaba sin chispa, algo que entendería en mi juventud y confirmaría con una edad más madura. Algunos de mis primeros crushes fueron: Safin, Kuerten, Hewitt, entre otros —o al menos eso dice mi agenda del año 2000, a mis 13 años. Es que los tenistas son un tema aparte, y ahora sí quiero desglosar el contenido del título de este texto: «a los tenistas se los mira de lejos, no de cerca», y voy a hablar de los tenistas profesionales, los que son deportistas de alto rendimiento.
Ok. Ya admití que me han gustado tenistas, al día de hoy los hay muy lindos (¿vieron lo que es el australiano-griego Kokkinakis?), pero sostengo que es mejor mirarlos de lejos. Que no te obnubile su bronceado, su elegancia, su cuerpo o su carisma, en primera instancia pueden resultar irresistibles, pero no todo lo que brilla es oro. Ojo, quizás hay gente que re va con ellos, aunque desde mi punto de vista, el tenista es solitario, malhumorado y muy triste. Tiene una inteligencia de otro planeta, está acostumbrado a resolver todo solo, te da vuelta como una media en cualquier discusión (yo jamás elegiría pelearme con un tenista). Desconfiá de los más tranquilos, no de los que andan siempre alterados y gritan por cualquier cosa en la cancha, esos son pura emoción y son los menos inteligentes.
El tenista puede contra todo solo, no te necesita en su vida, pero si te pone en ella, vas a ser o un lujo o una cosa más, por ejemplo, un miembro más del equipo de entrenamiento. Tenés que dejar absolutamente todo por él, porque es demandante, pero a la vez distante. Por más que sea gracioso y ocurrente —porque realmente lo son—, en sus ojos y en sus silencios hay mucha tristeza. Hay que estar muy preparada psíquicamente para convivir con uno y tolerarlo.
A la vez, tiene mucha responsabilidad sobre sus hombros: de él dependen muchas personas, como su equipo. Además de que ese deporte les rompe la cabeza, de solo ver en qué consiste, cómo construyen los puntos y pueden perderlos por una pavada. Los ves con los ojos vidriosos por haber llorado, derrotados con la cabeza entre las piernas, abatidos… pero si ganan, quieren más, ni siquiera lo disfrutan. Jamás vi deportistas llorar tanto como lloran los tenistas. Todos los deportes requieren de una mente equilibrada, pero tantas presiones y tanta soledad, en alguien que se presenta solito a jugar frente a un otro, van carcomiéndolo y se acostumbran a vivir de ese modo, de hecho, no conocen otra cosa que competir contra ellos mismos. Incluso a veces se pegan con la raqueta, se lastiman o con terrible inestabilidad discuten con el público; cualquier cosa puede desestabilizarlos, como si el mismísimo mundo fuese su enemigo.
Tienen un vínculo tóxico con el deporte que eligieron (si es que lo eligieron ellos y no un padre oportunista), y jamás vas a ser su prioridad, porque cuando se retiran siguen en ese mundo. El tenis los llena de contradicciones, lo sienten como su amor y su karma, su vida y su muerte, su gloria y su derrota, son los más fuertes y los más débiles… Ni hablar de cómo está estructurado el deporte con las jerarquías del ranking que te hace subir y bajar con un estrés cual corredor de bolsa.
Estar con un tenista es asumir un rol de anonimato, y no cualquiera asume eso. También es estar ahí al lado, en silencio, sabiendo que el entrenador tiene, en sus palabras y actos, más peso que vos que cada tanto vas a tener que apuntalarlo en alguna crisis. Desde ya te advierto: olvidate de tener tus problemas, él te los va a intentar resolver con una practicidad increíble, pero en lo que a él respecta, ayudarlo es como sumergirte en el océano para intentar encontrar un alfiler. Y agradecé si te cuenta algo, porque primero se lo va a contar al masajista, después al psicólogo, después al compañero que juega con él desde chico, después al entrenador y la cadena sigue; con suerte serás la última en enterarte de todo y tu opinión ya no va a importar.
Como en una imagen que uno va haciendo zoom suavemente, en un principio el tenista es una imagen con mucho brillo, muy perfecta y hasta ejemplar. Pero en cuanto hiciste foco en profundidad, se pierden la luz, los flashes, los viajes, los eventos, las risas, los lujos, y aparece la oscuridad como una sombra infinita que lo acompaña, un recuerdo de todo lo que dejó para estar ahí. Es una infancia ausente, una familia a distancia, un crecimiento precoz, una ambición desmedida. Es sentirse débil, rutinario y sumiso a órdenes constantes de su entrenador. Es esa sonrisa triste y esa carcajada desesperada. Es perderse de todo y alcanzar metas que solo pocos logran, sin poder compartirlo con los que lo quieren de verdad. Es tener todo y no tenerlo nada. Es una vida llena de desgaste, pero no vivida. Es como capturar un manojo de arena y luego tener que usar las manos para algo. Es un dejar ir constante, una incomprensión única, un dolor físico, mental y emocional. Es un sentirse siempre extranjero y fuera de lugar.
Por eso recomiendo mirar a los tenistas de lejos, pero ojo con enamorarte de uno, excepto que puedas aceptar todas esas condiciones que te mencioné acá. Y si, en algún caso, ya es muy tarde para mis consejos porque te enamoraste de uno, abrazalo fuerte porque lo necesita más que ganar Wimbledon.