Estoy escribiendo con una sola mano, en la otra sostengo un humeante té que me llena de calor y me genera comodidad. Tener el pelo mojado no es buena idea a días de la llegada de un invierno que ya está acá, aunque no formalmente.
Mientras miro mis plantas rosas y tomo mi té pienso que nada está dicho, que todo puede cambiar, incluso las cosas más sólidas. ¿Qué es nuestro? Nada, solo creemos que las cosas son nuestras y en esa convicción nos sumergimos.
Sigo escribiendo con una sola mano, el cielo está gris, pasan algunas palomas valientes y se estrellan las gotas en mi ventanal, como con rabia, como con pena.
Me divierte ser quien soy, aunque a veces no me entienda del todo y busque explicaciones culpando a mi árbol genealógico; a veces me gustaría ser menos atenta, más olvidadiza y egoísta.
No sé bien por dónde voy, tengo dos mapas, uno que me dieron al nacer y otro que renació al romper ciertos esquemas, y a ese es al que sigo últimamente y desde hace un buen tiempo; el otro no me sirvió, nunca sirve mirar mapas ajenos, aunque hayan sido dados con mucho amor. Como decía, no sé por dónde voy, pero voy bien, no puedo decir que vengo intacta, pero sí que vengo viviendo, que sonrío más y que, aún en mis peores momentos, me siento mejor.
Apoyé el té sobre la mesa y mis manos están oscilando entre frío y calor. Hoy me escribió alguien del pasado, alguien por el que mi corazón se salía de mi cuerpo tiempo atrás, y yo no sentí nada, ni siquiera ganas de responder. Es increíble cómo hasta lo que uno cree sólido se cae, y muchas cosas que parecían haber comenzado como un castillo de naipes se fortalecen hasta construirse con solidez (¿y acaso caer? No lo sabremos, pero la ironía de la vida es dolorosamente hermosa). En fin, tengo un taller que dar, tengo mucho que decir, tengo mucho que contar.
Me gusta cuando, sin darme cuenta, noto que luego de algo quedo sonriendo; aunque soy alegre, no me pasa seguido.
Anocheció, la luna llena ilumina mi techo como haciéndolo brillar, sé que mañana va a estar todo mucho mejor.
A veces me encantaría verme como me ven los que me quieren, pero parece que me suelo ver como me vería mi peor enemigo; espero alguna vez reconciliarme del todo conmigo misma, porque suelo lastimarme más de lo que me acaricio, y eso lo contagio a los demás.