HISTERIAS DE AMOR

«Todos estamos en el barro, pero algunos estamos mirando las estrellas» Oscar Wilde

Virgo o el que supo verme en mi ausencia

Virgo o del que me vio cuando yo estaba ausente

A veces, cuando todo se calma (aunque eso en mí no dure mucho), me acuerdo de vos.

No con drama. No con idealizaciones. No con espejismos. Con esa clase de memoria tranquila que llega cuando uno ya no pelea con el pasado, pero tampoco lo olvida.

Y te veo. Firme, como si el mundo fuera más simple si uno se aferra a lo que conoce. Y también me descubro a mí, persiguiendo sombras e ideas que no sé si deseo o si solo me habitan.

Siempre me asombró tu manera de encontrar sentido en lo mínimo, tu disciplina hecha brújula, tu constancia que parecía moldear al mundo hasta que obedeciera. Mientras tanto, yo intentaba, con mis letras, arrancarle voz a lo inexplicable, aun cuando ni yo misma podía entenderlo.

Vos, con tu método y paciencia, fuiste el equilibrio que a veces me faltaba: el latido que marcaba el compás cuando me perdía en mi ruido, la esquina donde mis pasos doblaban y encontraban sentido, la pausa justa cuando mis ideas se atropellaban, esa mano firme que, sin apuros, sostenía lo que otros habrían dejado  caer.

Sé que a veces fui un misterio indócil para vos, que mis universos escritos te resultaban demasiado libres, demasiado desordenados para tu mente precisa.

Todo esto fue extraño, ¿no? Como si habláramos lenguajes distintos, y aun así halláramos un resquicio para entendernos entre líneas. Vos con tu calma. Yo con mi vértigo.

Nunca lo dije, pero hubo lecciones que aprendí gracias a vos: a bajarle el volumen al impulso, a quedarme cuando algo valía, a mirar más allá de mi propio reflejo.

Hay una belleza silenciosa en aceptar que no todos los encuentros son eternos; algunos existen solo para revelarnos quiénes somos cuando nadie nos mira.

Por eso escribo esto: para dejar constancia de que, en medio del caos que conociste (y que todavía soy), supiste ser mi ancla más de una vez, aunque jamás me detuve a decírtelo.oy—, supiste ser mi ancla más de una vez, aunque jamás me detuve a decírtelo.