Te creés un dios menor,
y te muevo con dos palabras.
Vivís en el reflejo de tus propios gestos,
como si el mundo estuviera ahí
solo para adorarte de perfil.
Aparecés tarde, como todo lo que duele bien.
No hacés ruido, pero ocupás espacio.
Sos esa presencia que no se nombra
porque decirla sería admitir que ya ganó.
Te movés como si supieras que el mundo te debe algo.
Y lo cobrás con la mirada: seca, precisa, sin pedir permiso.
Te vestís como si cada prenda dijera tu nombre.
Te movés como si el suelo te besara los pies.
Y lo peor es que lo lográs:
te quieren, te siguen, te creen.
Y yo también, a veces.
Pero no por lo que sos.
Sino por el hechizo que inventaste.
Ese aire de intocable que da más ganas de romperte.
Tenés la calma de los incendios controlados.
Y ese olor a peligro que no repele, atrae.
Como si tu piel supiera algo que el resto olvidó en otra vida.
No sos misterio, sos la respuesta que nadie quiere entender del todo.
Una verdad envuelta en terciopelo oscuro.
Algo entre una promesa y una advertencia.
Con vos, todo es lento.
Como el filo que baja por la espalda,
como el humo que se queda en la ropa.
No tocás, rozás.
No amás, marcás.
Tenés la mirada afilada,
la voz como un truco bien ensayado,
y el corazón…
ese lo dejaste en algún escenario.
Pero igual me arrimás el vaso,
y yo tomo.
Sabés que no es amor.
Es un juego donde perdemos los dos,
pero vos te aplaudís primero.
Te presentás como si fueras la excepción.
Pero sos un cliché con brillo.
Un suspiro armado, un efecto especial.
Y sin embargo… qué bien te sale.
Tenés la piel de los que nunca se manchan,
aunque estén llenos de barro por dentro.
Caminás como si el mundo fuera un videoclip tuyo.
Y yo, una extra mal pagada.
No sos profundo.
Sos prolijo.
Te alcanza.
Vivís del deseo que generás,
no del que devolvés.
Y cuando hablás, mentís tan bien
que una parte mía quiere creerte,
solo para ver si esta vez
es distinto.
Pero no.
Sos ese tipo.
Ese que nunca llama.
Ese que llega tarde,
pero igual se lleva todo.
Y sin embargo,
cuando entrás,
el aire cambia.
Y yo,
que no creo en nada,
te creo a vos.
No por tonta.
Por masoquista estética.
Por el placer de caer
donde ya sé que duele.
Y yo… yo me olvido de todo lo que sé.
Otra vez.
Y al final, cuando te vas,
lo dejás todo distinto.
No porque hiciste algo.
Sino porque estuviste.
Y aun así,
cuando entrás,
la música cambia.
Y yo, que me las sé todas,
me quedo muda.
Otra vez.