No fui feliz.
Pero me di mis gustos.
Nunca santa,
ni mártir,
ni reina de un reino sin trono.
Me enamoré de tipos que parecían poemas rotos
y me partí la cara por no saltarme el guion.
Brindé con sombras,
discutí con espejos,
me refugié en fantasmas viejos
que hablaban más en sus silencios que en sus palabras.
Me quise con rabia,
me odié despacito,
perdí la cuenta de los trenes perdidos,
los planes postergados
y alguna que otra dignidad
por querer salvar lo que ni yo podía sostener.
Tuve enemigos que no me vieron,
y amores que eran incendio…
pero se fueron sin avisar.
Fui fugitiva de mis propias decisiones,
dueña de mis arrebatos,
bailé con el dolor para que doliera menos.
Llevé en los bolsillos palabras que pesaban,
en la boca silencios que quemaban,
arranqué de la piel los nombres
que dejaron de nombrarme,
y aprendí que la soledad, a veces,
es el único abrazo que merece la pena.
Nunca me senté en la mesa correcta,
ni abrigué mi alma en días de tormenta;
me gustaban las caricias con promesas rotas,
las puertas que se cerraban de golpe,
las mentiras disfrazadas de verdad.
Escribí cartas que nunca mandé,
guardé mensajes que debí borrar,
viví noches de película
que no cambio ni por un paraíso con final feliz.
No me vengas con finales felices,
que si es final, nunca es feliz.