Yo ya aprendí. No quiero un jardín sin espinas, ni domingos con misa, ni el café sin tus manos manchadas de tinta. No quiero tu vida en horarios ni acostarme temprano y sin ganas.
Quiero el quilombo en tus ojos, el temblor sin causa, las disculpas borrachas, la cama revuelta y el miedo de que esto se rompa en pedazos cada vez que nos vamos al pasto.
No quiero flores: quiero incendios. No quiero bodas: quiero huidas. No quiero paz si no es con guerra, ni tu verdad si es repetida.
Aprendí a no esperar llamadas después de las tres, a no creer en tipos que dicen que “están rotos” como si eso los hiciera especiales.
Aprendí que el amor no salva a nadie, salvo a los que saben salir solos del incendio. Y aun así, dejo siempre una ventana abierta, por si acaso.
Porque sí, tengo cicatrices con nombre propio y labios que se saben el camino de regreso, aunque juren que no.
Me sobran lecciones y me faltan excusas para volver a caer. No soy de las que mendigan amor, pero qué le vamos a hacer si me encantan las caricias mal pagadas.
Y es que la ingenuidad no se pierde; se disimula. Como el miedo, como el deseo.
A veces me encuentro con mi reflejo y me digo cosas dulces que no me creo del todo. Tengo esa mezcla rara de saber demasiado y seguir cayendo como si no supiera nada. Soy una enciclopedia de errores, pero subrayados con lápiz, por si un día los quiero borrar.
Hay días en que me siento gigante y otros en que no entro ni en mi propia sombra. Y no pasa nada.
Porque aprendí que la ternura también es mía, aunque nadie la pida; que puedo llorar en la ducha y después salir a la calle con la frente altísima; que la ingenuidad no es debilidad, sino coraje de seguir creyendo en las cosas lindas cuando ya viste las feas.
Hay días en que me abrazo fuerte, porque sé que soy lo único que no pienso soltar nunca más.
Y si todo esto no alcanza, si igual me tiemblan las manos algún jueves a la tarde, no importa.