Creí, con esa convicción que solo da la derrota,
que estaba todo perdido.
Que la vida se había cansado de esperarme
y había seguido de largo,
dejándome a mitad de una noche sin faros
y con el corazón envuelto en un silencio incómodo.
Hubo días —no tantos, pero pesados—
en los que hasta el aire parecía tener filo,
y una aprende a caminar despacio
para no cortarse en cada esquina.
Me acostumbré a vivir en voz baja,
a coleccionar pequeñas renuncias
como quien guarda monedas sueltas
para un viaje que nunca llega.
Pero un día, sin aviso ni dramatismo,
la vida decidió volver a mirarme.
No con estruendo,
sino con esa atención casi íntima
que tienen las cosas que de pronto importan.
Y me sorprendió el espejo sin pedir perdón,
mostrándome que aún quedaba algo vivo
debajo de tanta ceniza.
Y entonces ocurrió lo impensado:
lo que buscaba —lo poco, lo tibio, lo razonable—
se volvió minúsculo frente a lo que encontré.
Una claridad inesperada,
como si alguien hubiera abierto una ventana
en la habitación donde yo juraba que no amanecía.
Una alegría discreta, pero firme,
que no necesitaba gritar para hacerse verdad.
Un latido que ya no pedía permiso.
Comprendí que a veces el destino llega tarde
porque está aprendiendo el camino,
y una tiene que aguantar la intemperie
sin perder del todo la fe en el clima.
Que las pérdidas son relojes defectuosos:
marcan la hora equivocada,
pero nos recuerdan que aún nos queda tiempo.
Y así, de golpe y con una serenidad que asusta,
la vida se puso a la altura de mis sueños.
No para deslumbrar,
sino para sostenerme.
Para decirme, sin palabras,
que incluso lo que parecía arrasado
tenía raíces en silencio.