Ando viviendo en modo cuenta regresiva,
con los días apoyados en el borde de algo importante.
No digo tu nombre:
lo dejo donde brillan las decisiones.
Hay calendarios que no sirven para ordenar la vida,
solo para marcar la distancia exacta
entre el miedo que avisa
y las ganas que no piden permiso.
Puede que me espere el golpe —porque siempre hay un borde—
o que arranque, sin avisar,
eso que dicen que es lo más lindo del mundo
y que casi nunca llega a tiempo.
Mientras tanto paso el rato,
no por paciencia,
sino porque a veces querer
es no tocar nada
para no romperlo.
Total, si el golpe viene, que me encuentre andando,
y si lo más lindo del mundo arranca,
que me agarre con las manos sueltas
y el alma sin frenos.
Spoiler:
Hicimos un trato: yo ordeno su mundo, él desordena el mío.