No sé quererte poco.
Nunca supe.
Te odio con la misma intensidad con la que te esperé mil noches mirando el techo, contando grietas como si fueran las veces que prometí olvidarte. Y mirame. Acá estoy. Otra vez. Fingiendo que fue casualidad encontrarte en mis recuerdos.
Me dijiste que no era para tanto.
Pero para mí siempre fue todo.
Te llevaste mi calma, mi orgullo, mi versión sensata. Me dejaste esta mujer que late fuerte aunque le duela, que se promete no volver y vuelve, que ensaya despedidas frente al espejo y termina marcando tu número a las tres de la mañana.
Yo no quería necesitarte así.
No quería que tu nombre pesara más que mi dignidad.
Pero cada vez que cierro los ojos, volvés. Y no volvés suave. Volvés como un estribillo que se grita, como una herida que no aprende.
Te dije que estaba bien. Mentí.
Te dije que no importaba. Mentí.
Te dije adiós… y fue la mentira más grande de todas.
Porque si apareces ahora, si me miras como antes, si pronuncias mi nombre como si todavía fuera tuyo…
yo volvería.
Aunque me rompas.
Aunque me jures nada.
Aunque mañana tenga que buscar mis pedazos en el suelo otra vez.
Prefiero mil noches ardiendo a tu lado
que una vida entera apagándome sin vos.
Y sin embargo…
Hay algo extraño en esta ausencia que duele distinto.
No tiene eco.
No tiene puerta cerrándose.
No tiene ese frío definitivo de las cosas que terminan.
Son las tres de la mañana.
El techo sigue ahí. Las grietas también. Pero ya no las cuento. Hay otro ritmo marcando el tiempo. Uno más lento. Más tibio.
Respiro.
Y entre un pensamiento y el siguiente, lo siento.
Un peso suave sobre mi cintura.
Un calor constante en mi espalda.
Una respiración que no nace de mi pecho.
Parpadeo, como si el miedo pudiera disiparse con un gesto mínimo.
No es recuerdo.
Es tu brazo rodeándome incluso dormido.
Es tu cuerpo buscándome por costumbre.
Es tu boca murmurando algo que suena a mi nombre.
No te fuiste.
Nunca te fuiste.
La despedida fue un ruido inventado por mi cabeza a las tres de la mañana. Una pesadilla con demasiada imaginación. Un miedo ensayando tragedias donde solo había silencio.
Me acerco apenas, con cuidado, como si pudiera romper el hechizo. Pero no hay hechizo. Tu piel está tibia. Tu respiración es real. Cuando me muevo, me movés más cerca sin abrir los ojos, como si tu cuerpo supiera lo que yo olvidé por un instante.
—Te quiero —susurrás, todavía dormido.
Y en esa palabra se deshace todo.
No era abandono.
Era miedo.
No era final.
Era miedo haciendo ruido a las tres de la mañana.
Cierro los ojos otra vez, pero ahora no para imaginarte volviendo, sino para quedarme.
Porque esta vez no tengo que elegir entre arder o apagarme.
Esta vez, simplemente, no es necesario ni pensar.