HISTERIAS DE AMOR

«Todos estamos en el barro, pero algunos estamos mirando las estrellas» Oscar Wilde

Orden imperfecto

Brindemos.
Pero no por nadie.
Ni por la patria, ni por promesas que se perdieron en la esquina, ni por las amistades que se olvidaron de mí.
Brindemos por el error que me trajo hasta acá,
por esa equivocación que aprendí a querer,
por los silencios que enseñan más que cualquier consejo.

Que mañana, dicen, nunca avisa.
Y yo no quiero que me encuentre con las manos vacías
y la boca cerrada,
ni ensayando excusas que no pienso pronunciar.

Si mañana me muero,
que no me encuentren intacta.
Que me encuentren gastada,
con la risa descosida,
las rodillas marcadas de haber corrido cuando nadie miraba
y los miedos guardados donde no duelen.

He vivido demasiado tiempo pidiendo permiso:
perdón por sentir fuerte,
perdón por querer más,
perdón por no quedarme en la orilla viendo cómo otros se conformaban.
Perdón por encenderme cuando me pedían ser prudente.

Ya no.

Quiero meterme en el centro del incendio
como si el fuego fuera la única patria posible.
Decir lo que quema.
Aceptar lo que tiembla.
Equivocarme sin currículum,
fracasar con elegancia.

Que el tiempo haga su trabajo silencioso,
yo voy a hacer el mío:
apretar cada instante
aunque amanezca con resaca de certezas rotas.

Si mañana me apagan la luz,
que sea después de haber amado la vida con descaro,
de haber llorado sin negociar las lágrimas,
de haber reído cuando no tocaba,
de haber dicho lo que sentía
aunque nadie escuchara.

No quiero despedidas limpias.
Quiero historias mal contadas,
noches que no entren en el calendario,
canciones desafinadas.

La experiencia no es un museo.
Es una herida que respira.
Y yo quiero vivirla así:
sin casco,
sin red,
sin manual de supervivencia emocional.

Que digan que exageré.
Que digan que fui imprudente.
Que confundí la prudencia con cobardía.

Mejor.

Porque si mañana me muero,
no quiero haber sido prudente.
Quiero haber estado viva.
Con todos los riesgos tomados por curiosidad,
con el corazón hecho un terreno abierto
donde cualquiera pudo dejar su marca.

Brindemos, entonces.
Por el error.
Por la herida.
Por la risa rota.

Que el último instante me encuentre
mirando de frente al abismo,
sin miedo,
porque vivir es eso:
arriesgarse hasta el final,
con los zapatos gastados
y el alma en orden imperfecto.