Un faro no sale a buscar barcos.
No se emborracha de tormenta, no se tira al mar a rescatar naufragios que no lo llamaron.
Se queda.
Quieto.
Con la luz prendida y el corazón en huelga de rescates.
Cada cual navega su desastre.
Cada quien encalla donde puede.
Y la luz —como el amor— solo la ve quien quiere verla.
Yo, que confundí querer con cargar, fidelidad con quedarme aunque doliera, y ayuda con ir perdiéndome en el intento…
Yo, que empujé puertas cerradas, que soplé brasas muertas, que mendigué tormentas por miedo a la calma…
Aprendí tarde —como se aprende lo importante— que no vine a dirigir el rumbo de nadie.
Mi oficio ahora es cuidar mi fuego, poner límites sin pedir perdón, querer sin romperme, y no salvar a quien se empeña en hundirse.
Porque cuando uno deja de remar contra el mundo, pasa algo raro:
la calma pesa más que el miedo,
lo que era ruido encuentra su música,
y los que saben llegar… llegan.
Sin empujones.
Sin promesas borrachas.
Sin naufragios compartidos.
Que el 2026 nos agarre así:
menos salvavidas ajenos, más luz propia.
Y si alguien no ve el faro… es que no era su puerto.