HISTERIAS DE AMOR

«Todos estamos en el barro, pero algunos estamos mirando las estrellas» Oscar Wilde

La forma en que insiste la luz

Hay algo en el aire cuando cae la tarde, como si el mundo estuviera a punto de confesarte algo, pero nunca terminara de decirlo.

Las luces se encienden una a una, los autos pasan como si supieran a dónde van, y vos estás ahí, entre todo eso, con la sensación de que la vida podría haber sido distinta… o todavía podría serlo.

Porque los milagros no llegan con música épica, ni con señales claras.
Llegan como llegan las canciones que te salvan: sin permiso, en el momento justo, cuando ya no estabas esperando nada.

A veces tienen forma de recuerdo que deja de doler, o de una noche que no termina tan mal como pensabas.
A veces son una persona que se queda cuando ya habías aprendido a no contar con nadie.

No es magia. Es algo más raro que eso. Es como si, por un segundo,
el universo bajara la guardia y dejara que las cosas se alineen no perfecto, pero suficiente.

Y en ese “suficiente” hay algo hermoso.

Porque no te cambia la vida de golpe, no borra lo que fue, no promete que todo va a estar bien.

Pero te da una escena — una sola— donde todo encaja lo justo para que vuelvas a creer un poco.

Como una película que sabés que es triste, pero igual tiene esa toma final donde la luz cae de cierta manera y alguien sonríe, apenas, como si entendiera algo que no puede explicar.

Ahí están los milagros. No en lo imposible, sino en lo que insiste aunque todo indicaba que no iba a pasar. Y vos, sin darte cuenta, seguís ahí, mirando cómo ocurre.

Y entonces entendés —sin palabras— que no todo está perdido,

que algo, en algún lugar, todavía te está buscando también.