O EL ARTE DE HUNDIRSE CON ELEGANCIA
Me levanto cada mañana con la resaca de los sueños no dormidos.
El espejo me devuelve una postal borrosa de la que fui: una mezcla de libros viejos, fotos con mis perros y cartas que nunca envié.
Tuve amores que no entendí, promesas de esquina y un par de madrugadas que todavía me deben explicaciones.
Guardé besos en servilletas, excusas en carteras y silencios en la garganta.
Enumeré los errores como si fueran trofeos:
Una palabra mal dicha,
dos mudanzas sin rumbo,
tres copas de más,
y un millón de ganas menos.
Soy contradicción con perfume a jazmín.
Amo la lluvia cuando no tengo paraguas,
odio el olvido pero vivo coleccionando despedidas.
Me siento libre cuando me encierro en mis escritos y prisionera cuando me invitan a volar.
Hubo noches que me quisieron salvar y mañanas que me dejaron hundirme con elegancia.
Yo brindé igual: con la dignidad hecha trizas y el corazón en oferta.
Ahora camino liviana, aunque el pasado me siga con zapatos de charol.
Ya no espero milagros: me bastan las esquinas iluminadas por un tango triste y una carcajada que suene a revancha.
Porque aprendí que el amor no se busca ni se encuentra:
se tropieza, se cura, se olvida,
y si queda algo, se escribe.