No sé si te fuiste o si me fui antes,
pero en la cuenta final nadie pidió el vuelto.
Quedó el vaso medio lleno de reproches,
las sábanas arrugadas como testigos sin juramento
y una canción muda dando vueltas en la cabeza,
como una mosca testaruda que no entiende de despedidas.
Yo también tuve planes,
de esos que se hacen con un cigarro y dos promesas rotas.
Quise ser la calma y fui tormenta,
quise olvidarte y te nombré mil veces sin decir tu nombre.
Enumeré tus defectos para convencerme
—tus silencios, tu manía de quedarte justo cuando era tarde—
pero la lista se me desarmó entre los dedos,
como un crucigrama con las pistas borradas.
Dicen que el tiempo cura,
pero a mí el tiempo me cobra intereses.
A veces me despierto con la sensación de que volviste,
y otras, con la certeza de que nunca te fuiste.
Soy mi propia antítesis:
te maldigo y te extraño,
te niego y te invoco,
te entierro y te escribo.
No sé si era amor o costumbre,
si era destino o puro capricho del azar,
pero todavía me sorprende la manera en que tu sombra
aprendió el truco de meterse en mis luces.
Así que no, no me mires así —ni siquiera en la memoria—.
No me creas triste.
Estoy viva, que es una forma desprolija de seguir queriendo.
Al final, todo se resume en eso:
en aprender a convivir con los fantasmas sin pedirles que se vayan,
en dejar que el eco haga su trabajo
y que la memoria, cansada, elija qué olvidar primero.