HISTERIAS DE AMOR

«Todos estamos en el barro, pero algunos estamos mirando las estrellas» Oscar Wilde

Yo siempre me creí bien parada en la vida, no voy a mentir.

De esas que esquivan charcos, que pierden pero cobran en aprendizaje, que le guiñan un ojo al destino aunque el destino no siempre devuelva el gesto.

Pero esto… esto que encontré ya es de otro planeta.

Lo miro y pienso —sin tocar madera— que la vida, esa tahúr tramposa, esta vez me pagó de más: me dio todo lo que pedí y, para colmo, aquello que nunca me animé a pronunciar en voz alta.

Lo miro como quien revisa un milagro por miedo a que tenga letra chica. Y no termino de creerlo: la vida, que tantas veces llegó tarde o a destiempo, hoy apareció puntual y generosa. Me entregó todo lo que quise… y algo más. Sin excusas, sin devoluciones, sin despertador.

Pasa el tiempo —que suele gastarlo todo— y esto no se gasta. No pierde brillo, no se vuelve costumbre.

Lo sigo mirando con esa mezcla de gratitud y desconfianza, como quien cobró un premio grande y todavía guarda el comprobante por si la realidad reclama.

Pero no. Nadie viene a pedir nada. El milagro insiste. Se queda. Me elige todos los días.

Yo, que ya me sabía favorecida por la vida, ahora camino con una gracia que me queda grande.

La vida, que conmigo solía negociar, esta vez no regateó: me dio mucho más de lo que creía posible, más de lo que hubiera pedido sin sentir pudor.

Y por eso creo en los milagros.

No por fe, ni por superstición, ni por necesidad de creer, sino por evidencia: hay personas que ordenan el pasado, que justifican cada caída previa, que te explican —tarde, pero con una claridad brutal— que todo lo anterior era ensayo, que cada derrota era el prólogo inevitable de este regalo mayor.