HISTERIAS DE AMOR

«Todos estamos en el barro, pero algunos estamos mirando las estrellas» Oscar Wilde

Según pasan los daños

Según pasan los daños, una aprende a brillar bajo la lluvia sin que se le apague el orgullo.

No es que duela menos, pero el dolor se vuelve más elegante, más nocturno, como un bolero cantado a media voz en un bar que ya está cerrando.

Hubo años que parecían canciones de madrugada

y daños que sonaban mejor con hielo,

con rímel corrido

y la ciudad brillando sucia detrás del taxi.

Según pasan los daños, una se vuelve selectiva.

Ya no enamoran las promesas escritas en servilletas ni los juramentos tibios que prometen ser distintos.

Ahora hablan las manos.

Las manos dicen si sostienen o si empujan,

si acarician o si calculan cuánto cuesta quedarse.

Hubo un tiempo en que la intensidad parecía destino.

Si ardía, valía la pena.

Después llegó la certeza de que el fuego también arrasa los bosques más hermosos

y que no todo incendio merece poema ni canción de despedida.

No hay queja.

Tengo cicatrices que brillan como medallas torcidas,

como diamantes inesperados que igual saben encajar en la piel.

Y aunque a veces el corazón late confundido, late.

Y eso basta.

Entre daño y daño empieza a filtrarse la luz.

No todo el mundo llega para romper la vajilla.

Hay manos que sostienen.

Hay besos que no piden factura ni fecha de vencimiento.

El amor no siempre es incendio:

a veces es neón bajo la tormenta,

una linterna encendida en mitad del desastre.

Según pasan los daños,

también pasan los años

y los daños ya no dañan del mismo modo.

Y un día, casi sin aviso,

la puerta vuelve a abrirse.

No por ingenuidad,

sino por coraje.

Porque incluso después de todo,

la vida todavía sabe dejarme

boquiabierta.