Yo también me lloví por dentro mucho tiempo.
Y nadie lo notó.
Me maquillaba las ojeras, sonreía en las fotos, hacía planes para el verano.
Era una experta en fingir que no estaba esperando un mensaje.
Que no estaba esperando una disculpa.
Que no te estaba esperando a vos.
Fui el fetiche de mi psicoanalista.
La historia que siempre volvía a la sesión.
La mujer que había que entender.
La que había que explicar.
La que había que ordenar en algún casillero para que el mundo volviera a tener sentido.
También fui la comidilla de los que juraban quererme.
La sobremesa.
El comentario en voz baja.
La preocupación disfrazada de chisme.
La tragedia pequeña que todos miraban desde una distancia prudente.
Había algo de espectáculo en mi manera de romperme.
Y yo, que siempre fui tan ingenua, tardé años en darme cuenta.
Todos parecían saber quién era yo.
Lo que me pasaba.
Lo que tenía que hacer.
Lo que merecía.
Todos menos yo.
Y entonces aparecías vos.
Sin teorías.
Sin diagnósticos.
Sin esa necesidad insoportable de descifrarme.
Como si no hiciera falta entenderlo todo para quedarse.
Como si una persona pudiera ser amada incluso en las partes que no tienen explicación.
Todavía no sé por qué lo hiciste.
Y creo que vos tampoco.
Porque yo era difícil.
Era orgullosa.
Mentirosa a veces.
Cobarde otras tantas.
Capaz de arruinar lo que más quería con una precisión casi artística.
Y sin embargo ahí estabas.
Sentado en la orilla de mis tormentas.
Esperando que pasaran.
Como quien cuida una casa abandonada sabiendo que quizás nadie vuelva.
Y hay noches en las que me despierto pensando en eso.
No en los besos.
No en las promesas.
Ni siquiera en el amor.
Pienso en el misterio.
En cómo una persona puede quedarse cuando ya no queda nada que admirar.
Cuando se cae el maquillaje.
Cuando se termina la música.
Cuando la herida deja de ser poética y empieza a ser simplemente una herida.
Y entonces te miro dormir.
O te recuerdo durmiendo.
Y siento una tristeza suave, de esas que no hacen ruido.
Porque hay personas que pasan por tu vida.
Y hay otras que, sin saber muy bien por qué, se sientan al lado de tus ruinas y deciden quedarse un rato más.
Como si todavía vieran algo.
Como si todavía vieran a la chica que yo había perdido de vista hacía años.
Y quizás por eso duele tanto.
Porque nunca entendí qué fue exactamente lo que viste.
Pero todavía me conmueve que lo hayas visto.