HISTERIAS DE AMOR

«Todos estamos en el barro, pero algunos estamos mirando las estrellas» Oscar Wilde

La caída

Nunca imaginé que una historia pudiera terminar de una forma tan silenciosa.

No fue una discusión.

No fue una despedida.

Fue un par de seguidas nuevas. Unos cuantos likes. Un gesto tan pequeño que, sin embargo, alcanzó para romper la imagen que tenía de vos.

Y dolió.

No por las mujeres.

No por Instagram.

Dolió porque entendí que el hombre al que había admirado tanto era mucho más parecido al resto de lo que yo quería creer.

Yo te defendía. Te justificaba. Hasta tus celos tenían sentido para mí. Pensaba que nacían del miedo a perderme, de lo importante que era nuestra historia.

Qué equivocada estaba.

Ahora entiendo que mientras me pedías explicaciones, mientras desconfiabas, mientras querías saber de mí, vos mismo hacías exactamente aquello que tanto te molestaba imaginar.

Qué extraña forma de amar.

Exigir una lealtad que uno no cuida.

Pedir tranquilidad mientras sembrás inseguridad.

Hablar de respeto mientras buscás validación en cualquier lugar.

Y lo más triste es que no siento bronca.

Siento la decepción inmensa que deja ver caer a alguien del pedestal.

Porque yo no me enamoré de un hombre cualquiera.

Me enamoré de la idea de que eras distinto.

Pensé que había encontrado a alguien difícil de reemplazar, alguien con una profundidad poco común.

Y resulta que bastó abrir Instagram para descubrir que también necesitabas coleccionar miradas, alimentar el ego y convencerte de que siempre había alguien más dispuesto a prestarte atención.

Qué frágil era ese dios.

No se cayó por una traición enorme.

Se cayó por algo mucho más triste.

Por ser exactamente igual a todos aquellos de los que yo creía que te diferenciabas.

Y hay decepciones de las que una ya no vuelve llorando.

Vuelve viendo con claridad.

Porque el amor termina muchas veces antes de la despedida.

Termina el día en que dejás de admirar.