HISTERIAS DE AMOR

«Todos estamos en el barro, pero algunos estamos mirando las estrellas» Oscar Wilde

La poesía del incendio

Una amiga me dijo el otro día

que le encantaría que le rompieran el corazón

para poder escribir como yo.

Lo dijo con ganas,

como quien mira una tormenta desde un balcón ajeno.

Y pensé:

qué bien queda el incendio

cuando una lo mira desde la vereda de enfrente.

Porque después una escribe

“la cama estaba vacía”

y parece una metáfora.

Pero la cama estaba vacía.

Eso es lo malo.

No había violines.

No había lluvia contra los vidrios.

No había una cámara alejándose despacio.

Había una mujer en ropa interior

mirando un teléfono mudo

como si en esa pantalla negra

hubieran enterrado a alguien.

Eso no lo quieren.

Quieren la frase.

Quieren poder decir

“me rompieron el corazón”

con un cigarrillo entre los dedos

y cara de película francesa.

Pero nadie quiere aprender

que el amor también sabe hacer cuentas.

Que a veces se lleva tu plata,

tus domingos,

la mitad de tu autoestima

y todavía tiene la cortesía

de preguntarte si estás loca.

Nadie quiere conocer

el sonido que hace una promesa

cuando se cae al suelo.

Se parece al de una copa.

Primero el golpe.

Después,

pedacitos por todas partes.

Y vos, descalza.

Una escribe porque algún destino miserable

tiene que tener toda esa sangre derramada.

Entonces recogés los vidrios.

Les ponés nombres.

A uno le decís deseo.

A otro, abandono.

A otro, aquel hombre que juraba quererte

mientras ya estaba buscando la salida.

Después acomodás todo en una página

y viene alguien y dice:

—Qué hermoso.

Hermoso.

Como si una cicatriz

fuera un tatuaje elegido.

Como si antes no hubiera habido

una noche en la que respirabas bajito

para no despertar al recuerdo.

Una aprende trucos.

A ponerle rouge al desastre.

A sentar la tristeza en la barra

y pedirle otro whisky.

A llamar “experiencia”

a cosas por las que tendría que haber pedido indemnización.

A convertir a ciertos hombres

en literatura

porque en persona

no dieron para tanto.

Ese es mi talento, supongo.

Hacer que una demolición

parezca arquitectura.

Que un abandono tenga luces de ciudad.

Que alguien lea una página

y quiera vivir lo que yo

habría pagado por no vivir.

Así que miré a mi amiga

y le dije:

No necesitás que te rompan el corazón

para escribir bien.

Pero si algún día te lo rompen,

haceme caso:

guardá los pedazos.

Siempre aparece algún imbécil

dispuesto a creer

que son poesía.