Una amiga me dijo el otro día
que le encantaría que le rompieran el corazón
para poder escribir como yo.
Lo dijo con ganas,
como quien mira una tormenta desde un balcón ajeno.
Y pensé:
qué bien queda el incendio
cuando una lo mira desde la vereda de enfrente.
Porque después una escribe
“la cama estaba vacía”
y parece una metáfora.
Pero la cama estaba vacía.
Eso es lo malo.
No había violines.
No había lluvia contra los vidrios.
No había una cámara alejándose despacio.
Había una mujer en ropa interior
mirando un teléfono mudo
como si en esa pantalla negra
hubieran enterrado a alguien.
Eso no lo quieren.
Quieren la frase.
Quieren poder decir
“me rompieron el corazón”
con un cigarrillo entre los dedos
y cara de película francesa.
Pero nadie quiere aprender
que el amor también sabe hacer cuentas.
Que a veces se lleva tu plata,
tus domingos,
la mitad de tu autoestima
y todavía tiene la cortesía
de preguntarte si estás loca.
Nadie quiere conocer
el sonido que hace una promesa
cuando se cae al suelo.
Se parece al de una copa.
Primero el golpe.
Después,
pedacitos por todas partes.
Y vos, descalza.
Una escribe porque algún destino miserable
tiene que tener toda esa sangre derramada.
Entonces recogés los vidrios.
Les ponés nombres.
A uno le decís deseo.
A otro, abandono.
A otro, aquel hombre que juraba quererte
mientras ya estaba buscando la salida.
Después acomodás todo en una página
y viene alguien y dice:
—Qué hermoso.
Hermoso.
Como si una cicatriz
fuera un tatuaje elegido.
Como si antes no hubiera habido
una noche en la que respirabas bajito
para no despertar al recuerdo.
Una aprende trucos.
A ponerle rouge al desastre.
A sentar la tristeza en la barra
y pedirle otro whisky.
A llamar “experiencia”
a cosas por las que tendría que haber pedido indemnización.
A convertir a ciertos hombres
en literatura
porque en persona
no dieron para tanto.
Ese es mi talento, supongo.
Hacer que una demolición
parezca arquitectura.
Que un abandono tenga luces de ciudad.
Que alguien lea una página
y quiera vivir lo que yo
habría pagado por no vivir.
Así que miré a mi amiga
y le dije:
No necesitás que te rompan el corazón
para escribir bien.
Pero si algún día te lo rompen,
haceme caso:
guardá los pedazos.
Siempre aparece algún imbécil
dispuesto a creer
que son poesía.