No hace falta que me esperes.
Voy a estar bien.
O voy a aprender a decirlo
con esa dignidad de quien se pone perfume
aunque no vaya a salir.
Hay cosas que una pierde
mucho antes de perderlas:
una conversación,
una manera de entrar a una casa,
el lugar exacto donde dejar las llaves,
la certeza de que alguien va a estar del otro lado
cuando el día venga con ganas de pelea.
No te preocupes por mí.
Todavía tengo algunas canciones,
dos o tres personas que saben encontrarme
cuando me hago humo
y esa costumbre bastante ridícula
de hacerme un café
aunque sean las once de la noche
y mañana haya que madrugar igual.
Voy a seguir.
No porque sea valiente.
La valentía tiene demasiada prensa.
A veces seguir es apenas
levantarse,
lavarse el pelo,
contestar un mensaje,
comprar pan
y descubrir que el mundo
no se detuvo por nosotros.
Eso también duele un poco.
Que los colectivos sigan pasando.
Que alguien abra un negocio a las ocho.
Que las luces de los edificios
se enciendan como si nada.
Una quisiera que por lo menos
el universo tuviera la delicadeza
de hacer un minuto de silencio.
Pero no.
Todo sigue.
Y quizás ahí esté el truco.
Algún día,
sin darme cuenta,
voy a hablar de nosotros
como se habla de un bar que cerró:
recordando alguna noche buena,
alguna canción desafinada,
alguna promesa que parecía enorme
cuando todavía cabíamos adentro.
Sin ganas de volver a buscar la dirección.
Porque hubo un tiempo
en que todo parecía gigante.
El amor.
El miedo.
La posibilidad de perderlo.
Las cosas que una perdonaba
para no quedarse sola.
Y después pasa algo extraño:
una sobrevive.
Se despierta una mañana
y la casa sigue siendo la misma,
pero ya no.
Hay más lugar.
Más silencio.
Más aire.
Entonces habrá que decidir
qué hacer con todo este espacio
que quedó libre.
Capaz pongo una planta.
Capaz escribo.
Capaz muevo los muebles.
Capaz dejo la ventana abierta
aunque haga frío.
No para que vuelva nadie.
Para acordarme
de que también sé abrir cosas
sin estar esperando
que alguien entre.
Y porque, después de todo,
también habrá que ventilar
lo que una quiso tanto.
Hasta que un día
lo que parecía gigante
entre entero
en una página.