Este año estoy viva de milagro.
Y no lo digo por hacer literatura, aunque sería una lástima desperdiciar semejante colección de desgracias sin escribir algo decente.
He tenido años mejores. También funerales más divertidos.
Creí conocer a alguien que terminó partiéndome en mil pedazos. Perdí ciudades, proyectos, amistades y futuros que había imaginado con una precisión casi obscena. Hubo uno del que tuve que despedirme antes de aprender a vivir en él. Hay ausencias que no necesitan nombre para ocupar una vida entera.
También descubrí que la palabra familia no garantiza refugio y que hay amistades que funcionan estupendamente siempre que una tenga la delicadeza de no necesitar nada.
Hay gente capaz de encontrarte sepultada bajo los escombros y preguntarte, indignada, por qué no atendiste el teléfono. Gente que conoce tus ruinas y aun así te exige que abras la puerta, sirvas café y tengas la consideración de preguntar cómo está.
A todos ellos les deseo salud, fortuna y una extraordinaria capacidad para entretenerse sin mí.
Aprendí que, con suerte, una cuenta con tres personas. Tres de verdad. Las que no confunden el silencio con el desinterés ni la tristeza con una ofensa personal. El resto, a veces, no pasa de ser decorado. Y yo ya no tengo edad para confundir una sala llena con una vida acompañada.
Pero no todo fueron despedidas.
Hubo mañanas en las que levantarme era una empresa bastante más ambiciosa que cualquiera de mis proyectos. Y, sin embargo, tenía una clase que dar.
Entonces me preparaba un café, me pintaba los labios, abría un libro y me sentaba frente a la computadora a hablar de mujeres que esperaban demasiado, hombres que se equivocaban de amor y escritores que llevaban siglos muertos sin haber perdido la costumbre de complicarnos la vida.
Y del otro lado estaban ustedes.
Mis lectores, mis participantes de talleres. Personas que me confiaron una hora de sus vidas sin saber que, algunas veces, me estaban regalando un día más de la mía.
Qué manera tan curiosa de salvar a alguien: escuchándola hablar de literatura.
Yo, que tantas veces había abierto un libro para huir del mundo, terminé encontrando en los libros una razón para quedarme.
No sé si este año me hizo más fuerte. Tampoco pienso agradecer las desgracias como si la vida fuera una profesora severa a la que hubiera que llevarle flores después de suspender el examen.
Algunas cosas me hicieron mierda. Otras todavía duelen cuando cambia el tiempo. Y unas cuantas no pienso contarlas jamás.
No todo tiene una enseñanza. No todas las heridas nos vuelven mejores. A veces sobrevivir consiste, simplemente, en negarse a darle al desastre el gusto de tener la última palabra.
A quienes estuvieron, todo.
A quienes no, que les vaya bonito. No guardo rencor, pero tampoco reparto absoluciones como si fueran caramelos. Hay puertas que cerré sin dar un portazo y créanme que, en mi caso, eso ya es una muestra extraordinaria de educación.
Por lo demás, sigo teniendo mis contradicciones, mis excesos, mis ganas de perderme en ciudades desconocidas y esa incorregible costumbre de creer que todavía quedan cosas hermosas por vivir.
Sigo haciendo planes que probablemente no cumpla, riéndome donde no corresponde y enamorándome de la literatura como si fuera la primera vez.
Y sigo escribiendo.
Sobre todo, escribo.
Porque este año la vida y yo estuvimos a punto de separarnos.
Pero aquí seguimos. Ella con sus malas costumbres y yo con las mías.
La de enamorarme de lo imposible.
La de escribir lo que no consigo olvidar.
Y esta otra, bastante inconveniente, de seguir viva.
De milagro, sí.
Pero viva.