Tenías complejo de dios y presupuesto de mortal.
Llegaste con cuatro promesas, dos desgracias y esa arrogancia de los hombres que han perdido demasiadas batallas y todavía se presentan como generales. Un ejército de fantasmas, un puñado de derrotas y la pretensión de conquistar el mundo sin haber conseguido hacer las paces con el suyo.
Yo te abrí la puerta.
Vos empezaste a cambiar las cerraduras.
Al principio hasta me hiciste gracia. Hablabas de la vida como si la hubieras inventado, del amor como si tuvieras la patente y de mis sueños como si fueran una colección de caprichos que, con un poco de suerte, algún día se me pasarían.
Pero vos no querías una compañera de viaje.
Querías público.
Una mujer sentada en primera fila, aplaudiendo tus grandes hazañas, tus pequeñas tragedias, tus opiniones de sobremesa y esa extraordinaria capacidad tuya para convertir cualquier conversación en una conferencia sobre vos mismo.
Y yo tenía libros por escribir.
Tenía ciudades por conocer, trenes que perder, cartas que mandar, poemas que subrayar y gente con quien reírme hasta las cuatro de la mañana. Tenía un nombre antes de conocerte. Una historia. Una voz. Un montón de proyectos que no necesitaban tu permiso para existir.
Y también tenía ganas de quererte.
De prepararte café, aprenderme tus tristezas, compartir mis domingos y llevarte conmigo a esas ciudades donde todavía no habíamos sido felices.
Porque yo quería que el mundo se nos hiciera más grande.
Vos querías quedarte con el mundo.
Y conmigo adentro.
Empezaste a correr los muebles de mi vida como si hubieras comprado la casa. Primero una crítica disfrazada de consejo. Después una burla envuelta en cariño. Más tarde, esa costumbre tuya de encontrarle un defecto a cada cosa que me hacía feliz.
Si algo me salía bien, te incomodaba.
Si me brillaban los ojos, aparecías con una nube.
Tenías un talento casi artístico para llover sobre mis fiestas.
Y yo, que siempre fui bastante amiga de los incendios, confundí tus fuegos artificiales con una hoguera donde sentarme a descansar. Qué querés que te diga. Hasta las mujeres que escribimos sobre el amor tenemos derecho a equivocarnos de metáfora.
Durante un tiempo me fui achicando. Un sueño menos por aquí. Una opinión guardada por allá. Una alegría que prefería no contarte para no arruinarla.
Hasta que una mañana descubrí que estaba pagando el alquiler de una vida que era mía.
Vos querías ser el sol, el calendario, el pronóstico del tiempo y la última palabra.
Yo apenas quería que hicieras un poco de lugar.
Pero hay personas que no soportan compartir el cielo. Necesitan apagar todas las luces para convencerse de que son la única estrella.
Y sin embargo, te quise.
Eso es lo más incómodo de algunas historias: que una puede estar enumerando perfectamente las miserias de alguien y, de pronto, acordarse de una tarde hermosa. De una risa. De una mano debajo de la mesa. De un beso que, por un ratito, parecía capaz de arreglar el mundo.
Qué inoportuna es la memoria cuando una está intentando tener razón.
No pienso negar lo hermoso para que el final resulte más coherente. Lo que hubo de bueno también fue mío, aunque vos no hayas sabido cuidarlo.
Pero el amor no puede convertirse en un trabajo de arqueología. No se puede pasar la vida excavando entre las ruinas de alguien, esperando encontrar al hombre que alguna vez prometió quedarse.
Yo no necesitaba un salvador.
Mucho menos una divinidad de entrecasa, de esas que exigen sacrificios, reparten culpas y se ofenden cuando alguien deja de arrodillarse.
Quería un compañero.
Alguien con quien brindar por las cosas buenas, maldecir las malas y reírnos de lo ridículo que resulta tomarse demasiado en serio.
Pero tus problemas eran tragedias griegas.
Los míos, exageraciones femeninas.
Tus sueños merecían sacrificios.
Los míos podían esperar sentados.
Y tu ego, por supuesto, tenía reservado el mejor asiento.
La despedida empezó mucho antes de que me fuera. Una tarde cualquiera descubrí que ya no tenía ganas de contarte las cosas que me hacían feliz.
Ahí entendí que no estaba enamorada de un dios caído en desgracia ni de un general incomprendido por la historia.
Estaba queriendo a un hombre tan enamorado de sí mismo que no le quedaba sitio para nadie más.
Y yo no había venido al amor a trabajar de claque.
Había venido a querer. A dejar notas en los bolsillos. A compartir las buenas noticias. A encontrar en alguien un refugio, no otro lugar del que tener que defenderme.
Así que quedate con tus certezas, tus discursos, tus medallas de guerras que nadie recuerda y ese trono de cartón al que tanto cariño le tenés.
Yo me quedo con mis contradicciones, mis libros, mis proyectos disparatados y esta bendita costumbre de volver a empezar aunque me tiemblen las rodillas.
No voy a agradecerte lo aprendido. Hay lecciones que salen demasiado caras y profesores a los que una no volvería a pagarles ni con monedas falsas.
Tampoco voy a desearte desgracias.
Bastante trabajo tenés con vos mismo.
Y no pienso volverme una mujer amarga para que tu paso por mi vida parezca más importante de lo que fue.
Todavía tengo amor para dar. Todavía creo en los desayunos compartidos, en los viajes improvisados y en esa felicidad un poco absurda de encontrar a alguien con quien conversar hasta que amanezca.
Seguiré escribiendo, viajando, enamorándome de las ciudades y de los imposibles. Seguiré haciendo planes con esa imprudencia que tanto te molestaba.
Te creías dios, te presentabas como general y pretendías conquistar mi universo.
Yo, que nunca fui demasiado obediente, hasta pensé en rendirme por amor.
Pero se me pasó.
Hay hombres que nacen para hacer historia y otros que se pasan la vida levantándose monumentos.
Vos querías que me arrodillara.
Yo solamente quería que me abrazaras.
Y mientras vos esperabas una devota, yo seguía esperando un compañero.
No nací para ser tu luna.
Y mucho menos para alumbrarte el ego.