¿Cómo no voy a extrañarte, si hubo días en los que la vida parecía haberse pasado de generosa conmigo?
A veces dudo de mis propios recuerdos. No sé si aquello sucedió de verdad o si me lo inventé para tener algo extraordinario que contarme cuando llegaran las desgracias. Porque hubo momentos tan improbables, tan ridículamente hermosos, que todavía me cuesta creer que hayan existido.
Aunque, pensándolo bien, lo que más extraño de nosotros es lo que nunca llegó a pasar. Qué manera tan estúpida y tan humana de echar de menos el futuro.
Me llenaste de locura en todas sus acepciones. Y yo, que nunca supe decirle que no a una buena catástrofe, me presenté a todas las convocatorias, aprobé los exámenes y terminé nombrándome jefa del caos. Sin sueldo, sin vacaciones y con el corazón haciendo horas extras.
Lo curioso es que cuanto más grande se volvía nuestra historia, más pequeña me iba haciendo yo.
Fui dejando cosas por el camino. Algunas las entregué voluntariamente; otras ni siquiera advertí cuándo las había perdido. Conservé el trabajo porque necesitaba un lugar donde todavía supiera quién era. Un sitio en el que nadie me pidiera explicaciones por respirar.
Y, sin embargo, cómo no voy a extrañarte.
Todavía hay fotografías capaces de devolverme el encantamiento. Una canción, una calle, alguna estupidez que dijimos entre risas. Me descubro sonriendo como una idiota y enseguida recuerdo el resto. Porque una puede estar desencantada y seguir bajo los efectos del hechizo. Hay trucos de magia que continúan funcionando incluso después de haber descubierto al impostor.
Nosotros teníamos la pavada. Y la pavada era maravillosa, hasta que dejó de alcanzarnos. Queríamos algo más serio, pero éramos distintos precisamente en esas cosas en las que una no debería negociar consigo misma. Y mirá que negocié. Rebajé expectativas, hipotequé certezas y terminé haciendo liquidación de suspiros por cierre de temporada.
Yo creía que una historia que había empezado de semejante manera solo podía terminar siendo una historia de puta madre. No esperaba un cuento de hadas, pero tampoco semejante colección de miserias.
Me dijeron que había que ser valiente, que quien no arriesga no gana. Y yo arriesgué. Sí que arriesgué.
Perdí tanto que terminé interpretando todos los papeles de la tragedia: la víctima, la culpable, la loca, la sospechosa y, por supuesto, la que debía explicaciones. Hasta tuve que justificarme ante personas cuyas propias vidas no resistirían ni cinco minutos bajo el interrogatorio que me hicieron.
Los dos acabamos haciendo de villanos en películas ajenas. Con una diferencia: a vos los tuyos te guardaron un lugar junto al fuego; a mí algunos de los míos me pidieron que explicara el incendio.
Y qué cansancio da tener que demostrar que una también se quemó.
Hace un rato alguien me miró y se sorprendió por mi cara triste.
No supe qué contestar.
Estaba escribiendo sobre vos.
Siempre me pasa lo mismo. Empiezo recordando lo extraordinario y termino llorando por lo imperdonable. Si no pienso demasiado, consigo llevar una vida bastante decente. Trabajo, hago planes, me río, compro flores, cumplo horarios. Hasta parezco una mujer razonablemente recompuesta.
Pero de noche aparecés.
Te sueño casi todas las noches. Y ni siquiera ahí conseguimos entendernos. Hasta dormida tengo que defenderme, justificar mis palabras, interpretar tus silencios. El inconsciente, que podría tener la delicadeza de regalarme unas vacaciones, insiste en organizar funciones extraordinarias de nuestra peor obra.
No sé qué me hiciste.
Tampoco sé muy bien qué me hice yo.
Hay días en los que ni siquiera sé qué nos hicimos. Y quizás esa sea la parte más triste: haber querido tanto a alguien y terminar sin reconocer a ninguno de los dos.
Pero de todas las cosas que perdí, hay una que no consigo perdonarle a esta historia: mi inocencia.
Porque una puede ser adulta, haber tenido otros amores, conocer las trampas del mundo y conservar, sin embargo, cierta manera infantil de maravillarse. Esa confianza medio insolente en que las cosas extraordinarias también pueden sucederle a una. Esa costumbre de salir al encuentro de la vida sin revisar primero dónde están las salidas de emergencia.
Yo era así.
Y hay algo de aquella mujer que todavía admiro. Su manera de entusiasmarse, de apostar, de hacer las valijas por una promesa, de creer que la valentía tenía recompensa.
No admiro tanto su facilidad para justificártelo todo.
La inocencia me salió carísima. Y aunque a veces agradezco haber aprendido la lección, detesto el precio de la matrícula.
Ahora soy más prudente, más desconfiada, más realista. Tres virtudes espantosas para alguien que alguna vez tuvo la desfachatez de creer en la magia.
Y esa es otra pérdida de la que casi nadie habla: no solamente se termina un amor. A veces también se apaga esa parte de una que era capaz de iluminarlo todo.
No quiero volver a ser ingenua, pero tampoco me gusta esta versión de mí que sospecha antes de sonreír.
Y entonces vuelvo al principio.
¿Cómo no voy a extrañarte?
Claro que te extraño. Extraño lo que vivimos, lo que inventamos, lo que prometimos. Extraño algunas risas, algunos lugares, algunas horas en las que habría jurado que por fin la vida me estaba dando la razón.
Pero no extraño llorar todos los días.
No extraño medir las palabras, vivir en guardia, despertarme con el corazón en la garganta ni acostarme intentando adivinar qué desgracia me tocaría al día siguiente. No extraño que me decepciones. No extraño que me llenes de promesas que luego no existen.
No extraño tener miedo.
Aunque, para ser justos, el miedo fue lo único de nuestra historia que no se marchó.
A vos te extraño a ratos.
A la mujer que era antes de conocerte, todos los días.