Me mudé sin despedirme del todo. Como quien cierra la puerta despacito para que el pasado no se dé cuenta.
Me inventé de nuevo una noche cualquiera, con delineador corrido y un nombre que no pesa. Cambié de vereda, de barrio, de historia… y ahora camino como si siempre hubiera sido esta, como si nunca hubiera tenido que irme de ningún lado.
Ahora me tomo el café en otra ventana, con otra luz que no me conoce y un silencio que no sabe pronunciar mi nombre. Y yo tampoco sé muy bien quién soy acá, entre estas paredes que no tienen memoria de mis desastres. A veces me siento más liviana, como si me hubiera sacado de encima un abrigo en pleno enero; otras, me agarra un frío raro, de esos que no se curan con frazadas ni con promesas.
Pero también hay mañanas en que me descubro distinta, más entera, como si cada duda fuera un ladrillo y yo, sin darme cuenta, me estuviera construyendo.
No te extraño a vos —ni a nadie—, pero a veces se me cuela una ausencia sin forma, como un perfume que no sé de quién era.
Hago de cuenta que el pasado es un invento de otra mujer. Una que se parecía a mí, pero que se quedaba un segundo más de lo que debía. Yo no. Yo aprendí a irme antes del derrumbe, a sonreír justo cuando la historia se está por romper.
No sé si este cambio es una victoria o una derrota con buena prensa. No sé si estoy huyendo o llegando. Pero algo se está acomodando adentro mío, aunque haga ruido.
Ahora todo es más prolijo, más estético. Las copas brillan, las sábanas no guardan secretos y mis labios dicen lo justo. Pero hay un eco… chiquito, caprichoso… que aparece cuando nadie está mirando. No pide explicaciones, no reclama nada. Solo está. Como si supiera algo que yo todavía no me animo a entender.
Capaz crecer es esto: volverse misterio incluso para una misma. Aprender a sostener esa belleza medio vacía sin intentar llenarla a las apuradas. Y seguir, divina y desorientada, como si nada hubiera pasado… aunque algo, en algún lugar, siga pasando.