HISTERIAS DE AMOR

«Todos estamos en el barro, pero algunos estamos mirando las estrellas» Oscar Wilde

La última excusa

Te quise como se quieren las casas que empiezan a incendiarse desde adentro: quedándome un poco más para comprobar si todavía era posible salvar algo, aunque el humo ya me ardiera en los ojos y las salidas estuvieran señaladas desde hacía tiempo.

Vivíamos con una valija a medio hacer junto a la puerta. Nunca terminaba de llenarla porque cada objeto parecía tomar partido: una camisa me pedía que me fuera, tu taza preferida me convencía de quedarme. Así pasaban las noches, con mi vida dividida entre dos montones de ropa y el corazón fingiendo que no sabía cuál de los dos era una despedida.

Cada noche decidía irme. Cada mañana encontraba una excusa nueva para quedarme.

Que si tu forma de dormir, ajena a todos los naufragios que ocurrían de mi lado de la cama. Que si mi miedo a empezar de cero, como si el cero fuera un precipicio y no también una puerta. Que si afuera llovía. Que si todavía quedaba vino. Que si quizá mañana fueras la persona que prometiste ser anoche.

El amor también sabe disfrazarse de espera. Se sienta junto a una, le acomoda el pelo y le susurra que aguante un poco más. Y una, por no aceptar que está perdiendo el tiempo, termina llamando esperanza a lo que solamente es demora.

Yo tenía dos vidas apoyadas sobre la mesa.

En una, me quedaba con vos y aprendía a no hacer preguntas. Dejaba que las dudas se acumularan como platos sucios, hasta que ya no quedara lugar para apoyar nada nuevo. En la otra, me iba y tenía que aprender a contestármelas sola, sin tu voz, sin testigos, sin nadie a quien culpar por la respuesta.

Ninguna de las dos vidas parecía feliz. Pero una, por lo menos, era mía.

Tomar una decisión no se parecía a elegir un camino. Se parecía más a amputarse una posibilidad. Porque cada vez que elegimos algo, dejamos otra versión de nosotros esperando en una estación vacía. La que se quedó. La que se fue. La que todavía cree que todo podía haber sido distinto. Y no hay manera de avanzar sin escuchar, durante un tiempo, el ruido de ese tren que no tomamos.

Te miré como se mira por última vez una ciudad desde la ventanilla: queriendo bajarme, queriendo seguir, odiando que el paisaje fuera hermoso justo cuando debía dejarlo. Las luces se encendían una a una, como si la ciudad intentara convencerme de que todavía había algo allí para mí. Pero también las jaulas se iluminan al atardecer, y no por eso dejan de ser jaulas.

Entonces entendí que decidir no era esperar a que una opción dejara de doler. Era aceptar cuál de los dos dolores podía conducirme de regreso a mí.

Irme no significaba dejar de amarte.

Significaba dejar de abandonarme cada vez que elegía quedarme.