HISTERIAS DE AMOR

«Todos estamos en el barro, pero algunos estamos mirando las estrellas» Oscar Wilde

Vocación literaria

Me costó entender que dejar ir a alguien no era dejar de quererlo.

Eso habría sido mucho más fácil.

Si hubiera dejado de quererlo, habría bastado con hacer una lista de sus defectos, charlarlo con dos amigas y declarar solemnemente que los hombres son un asunto que conviene estudiar con cierta distancia.

Pero lo quería.

Ahí estaba el problema.

Lo quería con esa clase de amor insensato que no consulta antecedentes, no pide referencias y firma contratos sin leer la letra chica.

Lo quería cuando era bueno conmigo.

Y, peor todavía, lo quería cuando no lo era.

Así que un día hice algo bastante menos romántico que luchar por amor:

me fui.

No hubo música de fondo.

Nadie corrió detrás de un tren.

No llovía.

No llevaba un vestido precioso ni el rímel estratégicamente corrido.

Llevaba una valija demasiado pesada, el pelo hecho un desastre y unas ganas insoportables de que me pidiera que me quedara.

Porque una puede irse y, al mismo tiempo, desear desesperadamente que alguien le impida irse.

Esa es una de las pequeñas miserias que no cuentan las películas.

A veces el amor de tu vida puede ser simplemente la persona de la que más te cuesta salvarte.

Durante mucho tiempo confundí amor con intensidad.

Si no dolía, me parecía tibio.

Si no había incertidumbre, pensaba que faltaba pasión.

Si alguien me daba paz, sospechaba aburrimiento.

En cambio, si me llenaban de incertidumbre, ahí estaba yo, escribiendo poemas.

Una idiota con vocación literaria.

Había convertido la ansiedad en mariposas.

Los celos en interés.

Las reconciliaciones en pruebas de amor.

Y cada vez que algo se rompía, en lugar de preguntarme por qué seguía ahí, pensaba cómo podía arreglarlo.

A él.

A nosotros.

A mí.

Sobre todo a mí.

Porque durante años tuve la secreta convicción de que si alguien no sabía quererme, seguramente yo tenía que volverme más querible.

Más linda.

Más tranquila.

Menos intensa.

Más independiente.

Más disponible.

Más flaca.

Más divertida.

Qué agotador es intentar convertirse en la mujer que alguien no abandonaría.

Hasta que descubrís que, mientras hacés malabares para que otro no se vaya, la que se está abandonando sos vos.

Y esa sí que fue una ruptura.

No la nuestra.

La mía conmigo.

Me había dejado plantada tantas veces que ya ni siquiera me esperaba.

Por eso aquella vez, cuando cerré la puerta, no estaba abandonándolo a él.

Estaba volviendo a buscarme.

Claro que después lo extrañé.

No voy a hacerme la iluminada.

Extrañé su cuerpo.

Su olor.

Su manera de mirarme cuando todo estaba bien.

Sus manos.

Extrañé ciertas noches que, convenientemente editadas por la memoria, parecían perfectas.

Porque la nostalgia es una tramposa con conocimientos de montaje cinematográfico: corta las peleas, baja el volumen de los gritos, elimina las decepciones y deja solamente aquella noche en la que te besaron como si fueras la única mujer del mundo.

Entonces una piensa:

Quizás exageré.

Quizás podía funcionar.

Quizás era él.

Pero empecé a hacerme otra pregunta.

Una mucho menos poética.

¿Y yo?

Porque siempre preguntaba si él me quería.

Nunca preguntaba si yo me estaba queriendo mientras estaba con él.

Y ahí entendí que el amor propio no era mirarme desnuda frente al espejo diciendo que soy una diosa.

A veces el amor propio es bastante menos fotogénico.

Es bloquear un número que querés que llame.

Es no comprar un pasaje.

Es dormir sola.

Es devolver una llave.

Es dejar de recordar.

Es soportar una noche horrible sin correr hacia la persona que te hace olvidar el dolor durante unas horas y te lo devuelve con intereses al día siguiente.

Amarse no siempre se siente bien.

A veces se siente exactamente como perder a alguien.

Y quizá por eso cuesta tanto.

Yo pensaba que primero tenía que encontrar al amor y después iba a sentirme elegida.

Ahora sospecho que era al revés.

Primero tenía que elegirme yo.

Porque si no me quiero, cualquiera que me quiera un poco me va a parecer extraordinario.

Cualquier migaja tendrá gusto a banquete.

Cualquier regreso parecerá destino.

Cualquier hombre que me abrace después de hacerme llorar podrá convencerme de que eso es amor.

Y yo ya no quiero un amor que necesite traducción.

No quiero explicar que cuando desaparece en realidad tiene miedo.

Que cuando lastima es porque sufrió.

Que cuando controla es porque quiere demasiado.

Que cuando no da, pobrecito, es porque no sabe.

Estoy cansada de hacer crítica literaria de hombres emocionalmente analfabetos.

Quiero algo mucho menos interesante para escribir y bastante más lindo para vivir.

Quiero que me quieran bien.

Pero antes tengo que aprender a reconocerlo.

Y para reconocerlo necesito dejar de considerar normal aquello que yo misma jamás le haría a alguien que amo.

Quizás algún día aparezca otro.

Quizás no.

Por primera vez, esa posibilidad no me aterra tanto.

Porque entendí que el objetivo no era encontrar a alguien que jamás me abandonara.

Era convertirme en alguien que jamás volviera a abandonarse por amor.

Todavía hay noches en que lo extraño.

Claro que sí.

Hay canciones que no debería escuchar.

Calles que tienen su nombre aunque se llamen de otra manera.

Fotos que todavía no puedo borrar.

Y algún sábado, cuando la casa se queda demasiado callada, aparece esa vieja versión de mí y pregunta:

¿Y si volvemos?

Entonces me sirvo una copa.

La dejo hablar.

La escucho contarme otra vez únicamente las partes bonitas.

Y cuando termina, le digo:

—Sí, querida. Ya sé que lo querías.

Después brindo con ella.

Por él.

Por mí.

Por todas las mujeres que alguna vez confundimos que nos necesitaran con que nos quisieran.

Y por fin le contesto lo que tardé media vida en aprender:

—Pero esta vez yo me quiero más.