Había una casa en todas las cartas,
aunque todavía no tuviera dirección.
Una casa con las ventanas abiertas a otro país,
una valija mal cerrada en el dormitorio,
dos tazas en la cocina
y esa manía nuestra de llamar destino
a lo que a veces era apenas deseo.
Vos aparecías como un hombre que quiere quedarse
pero todavía lleva un barco adentro.
Yo, como una mujer que pregunta demasiado
porque ya aprendió que hasta las promesas
pueden venir con letra chica.
Salieron árboles:
raíces que tardan,
cosas que no crecen de un día para otro,
la obstinación de imaginar que después de tanto ruido
todavía puede haber sombra.
Después vino una casa.
Un anillo.
Un corazón.
Y una montaña, claro.
Porque nosotros nunca supimos querernos
sin poner algo en el medio.
Una estación de tren.
Un aeropuerto.
Un mensaje sin contestar.
Una conversación pendiente.
Alguna serpiente durmiendo debajo de la cama.
Las cigüeñas cambiaban todo de lugar.
Los barcos empujaban hacia otra orilla.
Los caminos se abrían como si tampoco ellos
supieran todavía dónde terminábamos.
Y, sin embargo, aparecía el amor.
No ese amor limpio de los cuentos,
con mantel blanco y domingo en familia.
El nuestro venía despeinado.
Con pájaros en la cabeza,
nubes sobre el techo,
discusiones que siempre encontraban la forma de volver
y un libro cerrado en el pecho.
Porque había cosas que no se decían.
Tal vez miedo.
Tal vez orgullo.
Tal vez esa costumbre absurda de los enamorados
de esconder justo aquello
que podría salvarlos.
Vos parecías buscar un ancla
mientras algo en tu vida todavía se movía.
Yo parecía buscar una casa
sin saber en qué país ponerla.
Y entre los dos
seguían apareciendo barcos, jardines, caminos.
Una vida posible.
No una vida fácil.
Posible.
Quizá por eso me sorprendieron tanto
el ramo, el sol, el trébol, las estrellas.
Después de tanta montaña
una termina desconfiando hasta de la suerte.
Y ahí apareció esa imagen:
vos y yo empezando de nuevo,
como dos idiotas que ya conocen el incendio
y aun así compran cortinas.
Una casa alquilada.
Un perro dando vueltas por el salón.
Planes que algún día podrían tener nombres.
Una compra de supermercado un martes cualquiera.
Tus cosas mezcladas con las mías.
La estabilidad, esa palabra que siempre creímos aburrida
hasta que empezamos a necesitarla.
Pero las cartas no prometieron.
Las cartas nunca firman contratos.
Dijeron que todavía había algo.
Algo vivo.
Algo capaz de moverse.
También hablaron de miedo, distancia, silencios
y decisiones que ninguna baraja podía tomar por nosotros.
Y quizá eso sea lo más parecido al amor que conozco:
no saber si la historia termina en una casa
o en un aeropuerto,
pero seguir imaginando, por un instante,
que alguna noche cualquiera
podríamos cerrar la puerta,
dejar las valijas en el suelo
y decir:
esta vez no estamos de paso.