Hay días en que estoy a kilómetros de entender lo que siento.
No metros.
Kilómetros.
Como si alguien hubiera dejado mi corazón en una estación de servicio de una ruta que ya no recuerdo haber tomado.
Yo sigo manejando.
Él se quedó allá.
A veces pienso que estoy triste.
Después me río.
A veces pienso que estoy bien.
Después alguien dice tu nombre y se me cae un vaso adentro del pecho.
Así que no sé.
Hace tiempo que no sé.
Y quizá ese sea el problema.
Que nunca sé exactamente qué estoy sintiendo hasta que ya estoy pagando por ello.
Con vos todo tuvo un precio.
La felicidad también.
Sobre todo la felicidad.
Cada noche hermosa parecía venir con una mañana esperándome detrás de la puerta para romperme la boca.
Cada vez que pensaba:
ahora sí,
algo empezaba a incendiarse.
Entonces aprendí una cosa horrible:
a desconfiar de los días buenos.
A mirar la felicidad como se mira un perro desconocido.
Con ganas de acariciarlo
y una mano preparada para que muerda.
Qué manera miserable de estar enamorada.
No saber si abrazar lo que está pasando
o cubrirse la cabeza.
Porque yo te quise.
Eso creo.
Mirá qué espanto tener que ponerle un creo a una frase así.
Te quise.
Creo.
Fui feliz.
Creo.
Quise quedarme.
Creo.
Quise irme.
También.
Hay noches en que podría jurar que eras el amor de mi vida.
Y mañanas en que no entiendo cómo conseguí sobrevivir a nosotros.
Las dos cosas son verdad.
Ése es el problema.
Me gustaría poder acomodar la historia.
Poner de un lado lo bueno.
Del otro lo malo.
Hacer las cuentas.
Restar las lágrimas de los besos.
Dividir las noches hermosas por las veces que tuve miedo.
Sumar los viajes.
Los planes.
Las carcajadas.
Las palabras que después hubo que recoger del suelo.
Y obtener un número.
Uno solo.
Algo que dijera:
valió la pena.
O:
salí de ahí.
Pero el amor no sabe matemáticas.
O las sabe demasiado bien
y no quiere enseñarnos.
Yo sólo sé que cada vez que algo me importó de verdad,
la vida me pidió una barbaridad a cambio.
Como si hubiera un tipo en algún lugar cobrando entrada para sentir.
¿Querés enamorarte?
Perfecto.
Dejá acá la tranquilidad.
¿Querés una vida nueva?
Entregame la anterior.
¿Querés crecer?
Vas a tener que descubrir quién se alegra de verdad cuando lo hacés.
¿Querés quedarte?
Pagá con una parte de vos.
¿Querés irte?
Pagá con otra.
Y yo ya no sé cuánto me queda en los bolsillos.
Por eso a veces quisiera sentir menos.
No nada.
Menos.
Un amor de martes.
Una felicidad que no tenga banda sonora.
Un hombre que no parezca el último cigarrillo antes del fin del mundo.
Una vida que no me obligue a elegir entre dos precipicios para después felicitarme por haber saltado.
Quisiera querer algo
sin tener que perder otra cosa.
Debe existir gente que vive así.
Gente a la que le pasan cosas bonitas y simplemente dice:
qué bonito.
Yo no.
Yo miro alrededor buscando el incendio.
Siempre hay una parte de mí esperando la factura.
Y lo peor es que casi siempre llega.
Entonces aparece el miedo.
No ese miedo espectacular de las películas.
No.
Uno mucho más cobarde.
El que se sienta conmigo a desayunar.
El que revisa mis decisiones.
El que me pregunta si estoy segura.
El que me susurra que quizá voy a arrepentirme de quedarme.
Y cinco minutos después,
que quizá voy a arrepentirme toda la vida de haberme ido.
Ese hijo de puta juega para los dos equipos.
Por eso no sé qué siento.
Porque cada emoción viene acompañada por su contraria.
Te extraño
y respiro.
Te quiero
y me asusto.
Recuerdo tu cuerpo
y quiero volver.
Recuerdo algunas palabras
y quiero correr.
Imagino que aparecés
y algo dentro de mí se ilumina.
Imagino que todo vuelve a empezar
y esa misma luz parece una alarma.
¿Cómo se llama eso?
Porque amor me queda corto.
Y miedo también.
A veces pienso que lo nuestro fue una casa preciosa construida justo encima de una falla sísmica.
Nosotros comprando flores.
Eligiendo dónde poner la mesa.
Haciendo planes para el verano.
Y debajo,
a kilómetros de profundidad,
dos placas empujándose en silencio.
Hasta que temblaba.
Entonces recogíamos los platos rotos.
Nos abrazábamos.
Prometíamos reforzar las paredes.
Volvíamos a comprar flores.
Qué ternura.
Qué estupidez.
Qué ganas de que funcionara.
Quizá por eso todavía no puedo decidir qué fue.
No sé si perdí una historia maravillosa
o sobreviví a una historia que me estaba perdiendo a mí.
Y esa duda es insoportable.
Porque sería mucho más fácil odiarte.
Sería precioso.
Te convertiría en el villano.
Yo sería la mujer que finalmente abrió los ojos.
Fin.
Pero después recuerdo una tarde.
Tu risa.
Una mano.
Alguna estupidez que solamente entendíamos nosotros.
Y se me arruina el argumento.
Tampoco puedo convertirte en el amor de mi vida.
Porque entonces aparecen otras escenas.
Y se arruina la película.
Así que acá estoy.
En ninguna parte.
Demasiado lejos de una respuesta
y demasiado cerca todavía de vos.
Sin saber si lo que duele es haberte perdido
o haber perdido la vida que imaginé alrededor tuyo.
Sin saber si quiero que vuelvas
o solamente quiero comprobar que volverías.
Sin saber si extraño al hombre
o a la mujer que yo era cuando todavía creía que aquello podía terminar bien.
Y quizá nunca lo sepa.
Quizá algunas historias no vienen a enseñarnos nada.
Qué manía insoportable tenemos de querer sacar una moraleja de cada desastre.
Quizá algunas cosas simplemente pasan.
Nos parten.
Nos cambian los muebles de lugar.
Nos dejan un par de canciones que ya no podemos escuchar.
Y se van.
Pero hay algo que sí sé.
Estoy cansada de que sentir parezca un deporte de riesgo.
Cansada de querer con casco.
De ser feliz mirando la salida de emergencia.
De besar pensando cuánto va a doler cuando esa boca ya no esté.
Cansada de vivir cada cosa hermosa
como quien sostiene una granada
y escucha el mecanismo correr.
Tal vez algún día quiera algo
y no tiemble.
Tal vez alguien me abrace
y mi cuerpo no empiece inmediatamente a calcular cuánto costaría perderlo.
Tal vez una mañana sea feliz
y no mire alrededor buscando qué viene a cobrármelo.
No sé.
Todavía estoy lejos de ahí.
Hay demasiado ruido.
Demasiadas versiones de mí discutiendo al mismo tiempo.
Una quiere llamarte.
Otra quiere olvidarte.
Otra compraría un pasaje esta misma noche.
Otra le prendería fuego.
Y en medio estoy yo,
tratando de descubrir cuál de todas
dice la verdad.
Pero quizá ésa sea la primera pregunta equivocada.
Quizá todas la dicen.
Quizá crecer sea soportar esa contradicción sin salir corriendo a resolverla.
Aceptar que puedo amarte
y no saber si quiero estar con vos.
Que puedo extrañarte
y no querer regresar.
Que puedo recordar lo hermoso
sin borrar lo que dolió.
Que puedo haber sido feliz
y haber pagado demasiado.
Porque ésa es la parte que nadie pone en las canciones:
a veces el amor de verdad existe.
Lo que no existe
es el dinero emocional
para seguir pagándolo.