Hay noches en que me parece insoportable haber sido tantas personas y no haber conseguido ser ninguna.
Miro alrededor y reconozco mis cosas, pero no siempre reconozco la vida que las contiene. Los libros, las plantas, una taza olvidada, la ropa sobre una silla: pequeñas pruebas de que alguien vive aquí. Supongo que esa persona soy yo.
Pero qué poco significa decir «yo».
He deseado tantas vidas con una desesperación que ahora me resulta ajena. Lugares que creí destinos. Personas que confundí con respuestas. Futuros enteros que construí en una tarde y que después desaparecieron sin haber tenido siquiera la cortesía de existir.
Quizá mi verdadero cansancio venga de ahí:
de haber vivido demasiado en lo que todavía no había sucedido.
Siempre tuve una vida imaginaria más intensa que la verdadera.
En ella fui amada como quería, llegué a ciudades que me esperaban, escribí libros que justificaban mis tristezas y alguna vez, incluso, fui completamente feliz.
Qué criatura absurda es una persona cuando espera.
Se sienta junto a la ventana y llama destino a cualquier ruido de pasos.
Ahora ya no sé qué espero.
Hay una tristeza particular en dejar de esperar aquello que durante tanto tiempo nos mantuvo vivos.
A veces pienso que no extraño a nadie.
Quizá nunca extrañamos del todo lo que ocurrió. Quizá extrañamos aquello que, mientras ocurría, creímos que llegaría a ser.
Yo extraño a la mujer que era cuando todavía creía que algo extraordinario estaba a punto de ocurrirme.
Ella sufría más que yo.
Pero tenía futuro.
Yo tengo días.
Los voy poniendo uno detrás del otro con la prolijidad inútil de quien ordena papeles de una oficina que algún día cerrará.
Leo. Escribo. Riego las plantas. Contesto mensajes. Miro caer la tarde sobre los muebles.
Y mientras hago todas esas cosas perfectamente pequeñas, una parte de mí observa desde algún lugar y pregunta:
¿esto era?
No sé responderle.
Tal vez vivir sea esto: no obtener nunca una respuesta y continuar, sin embargo, preparando el café de la mañana.
Mañana volverá la luz.
Las plantas volverán a inclinarse hacia ella.
Yo también, probablemente.
Aunque no sepa para qué.