Yo nunca supe querer un poco.
Siempre fui más de tirarme
y averiguar después
si había agua.
Con vos hice eso.
Me lancé de lleno,
convencida de que, si alguna vez me faltaba el aire,
ibas a sacarme a la superficie.
Pero no.
Me viste hundirme.
Y lo peor no fue tocar fondo,
sino descubrir
que muchas de las piedras
que llevaba atadas al cuerpo
me las habías puesto vos.
Yo puse el cuerpo.
Los planes.
Los kilómetros.
La paciencia.
La plata.
Las ganas.
Esa fe un poco idiota
de creer que dos personas podían salvarse juntas.
Y vos,
que jurabas saber de tormentas,
terminaste siendo una.
Me fui quedando sin aire
mientras vos discutías
si realmente me estaba ahogando.
Hay gente así:
te llena los bolsillos de piedras
y después se sorprende
de que no puedas flotar.
Lo bueno fue hermoso.
Ese fue el problema.
Porque nadie extraña un incendio
si antes no le pareció una chimenea.
Yo creí que eras casa.
Y terminé aprendiendo
que también hay casas
que se te caen encima.
Ahora estoy acá,
juntando restos,
tratando de reconocer
a la mujer que era
antes de empezar a pedir perdón
por necesitar cariño.
No salí ilesa.
Hay amores que no te rompen el corazón:
te rompen el espejo.
Y después una tarda meses
en entender
que esa cara triste
también es la suya.
Pero voy a salir.
No como entré.
Más cansada.
Más desconfiada.
Con menos fe en las promesas
y bastante más respeto
por mis pulmones.
Y si alguna vez vuelvo a tirarme,
voy a mirar primero
quién está en la orilla.
Porque una cosa es ahogarse por amor.
Y otra muy distinta
es descubrir,
cuando ya estás en el fondo,
que la persona que prometió salvarte
fue la que te llenó los bolsillos de piedras.